Jugando

Donatella

Era otra vez la mañana la que me daba un poco de serenidad y cordura. Como si mi mundo fuera una casa encantada, en la que, a medida que llegaba la noche, el morbo, con sus diversas ramificaciones, sacase todos mis fantasmas, pero, con la salida del sol, todo se calmase.

Un desayuno de todo menos austero y una María, de nuevo, de muy bueno humor. Ojalá no fuera la distancia temporal con un posible conflicto, el conflicto pudiera ser yo queriendo sexo y ella no, el motivo de su jovialidad por las mañanas y sequedad al caer el sol.

Hablando de sequedad, el hombre que regentaba la casa respondía con monosílabos a las preguntas que María le hacía. Yo, mientras tanto, intentaba adivinar quién de las pocas personas que desayunaban en el mismo turno que nosotros pudiera ser la dueña de aquellos gemidos y lamentos nocturnos. Tras el descarte…

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